El autor nos conduce en estos cinco minutos diarios para abrirnos al Espíritu de Dios y percibir la fuerza de su consuelo. Meditaciones, oraciones y reflexiones que nos ofrecen la posibilidad de recorrer, a lo largo del año, un profundo camino de crecimiento espiritual...
"Ven Espíritu Santo. Ilumíname para que sepa decir las mejores palabras, esas que puedan hacer bien a los demás. Tómame Espíritu Santo, para que a través de mis gestos se exprese el amor de Jesús y los demás puedan crecer en la amistad que les ofreces. Dame flexibilidad y apertura, para que me adapte con sencillez a las necesidades de los otros. Dame un oído atento, para escuchar lo que tú me digas a través de ellos. Fecunda y reaviva los carismas que derramaste en mi vida para cumplir mi misión en el mundo. Guíame, Espíritu Santo. No dejes que confunda el camino. Enséñame a discernir, para que no me desgaste cuidando la apariencia o buscando fama. No dejes que ponga mi apoyo en falsas seguridades que me alejan de ti. Toca mi interior, Espíritu Santo, para que viva de ti, para que me deje llevar por ti donde quieras, como quieras, cuando quieras. Para que mi camino me oriente siempre a ti, para que siempre esté contigo, para que sepa de verdad que sólo en ti está la fuente de la vida. Gracias, Espíritu Santo, porque puedo participar en la construcción del Reino de Dios, y así puedo crecer en tu amor.
Hoy contemplamos lo que hizo el Espíritu en la vida de Santa
Catalina de Siena. Por una parte, en ella vemos realizada la sabiduría de los
sencillos, porque Catalina era una mujer analfabeta, sin formación, que llegó a
explicar misterios profundos de la vida espiritual y fue capaz de sacar de sus
errores a muchos pretendidos sabios de su época. La acción del Espíritu en
quien se deja enseñar por él, produce la más alta sabiduría, e infunde en los
aparentemente débiles un arrojo incomprensible. La humilde e inculta Catalina
era capaz de dirigirse al Papa dándole consejos y de reprochar de frente las
debilidades de los obispos.
Además, el hombre o la mujer donde obra el Espíritu, que se
deja llevar en la existencia por el impulso de vida del Espíritu Santo, pierde
el temor al desgaste que pueda ocasionarle su misión; ya no le tiene miedo al
paso del tiempo, a la pérdida de energías, y cada vez experimenta una seguridad
mayor, prueba "gozo y paz en el Espíritu Santo" (Romanos 14,17). Por
la firme vitalidad que le ha ido dando el Espíritu con el paso de los años,
"en la vejez seguirá dando fruto, y estará frondoso y lleno de vida"
(Salmo 92,15).
La vida de Dios en nosotros nos hace experimentar, cuando
una parte de nosotros se va desgastando, que hay otro nivel de vida que va
creciendo: "Al cansado da vigor, y al que no tiene fuerzas le acrecienta
la energía" (lsaías 40,29-31).
Es bueno que hoy pidamos al Espíritu Santo que derrame en
nosotros esa sabiduría de los humildes y esa fortaleza de los santos que se
dejan conducir por él.
Un manco puede ser feliz sin una mano.
Lo será si acepta que eso que le falta es sólo una parte, porque la vida
es mucho más que eso. Si lo piensa bien, reconocerá que, si no le
faltara eso, le faltaría otra cosa, porque nunca podemos tenerlo todo.
Porque nuestra vida será siempre algo limitado, pero no por eso deja de ser bella, a su manera. Que no se te escape.
Esto no significa no tener objetivos, no
tratar de alcanzar cosas nuevas, o dejar de proponerse algo más. Porque
eso también es parte de la felicidad. Pero siempre que uno ame y valore
más lo que tiene y no tanto lo que no tiene. Porque si uno ama mucho lo
que no tiene, y poco lo que sí tiene, siempre estará tristemente
insatisfecho, con una especie de vacío en el corazón.
El Espíritu Santo quiere abrirnos los
ojos para que aprendamos a vivir nuestra vida así como es, con sus
valores y sus límites, sin estar envidiando la vida ajena y
comparándonos con los demás.
Cada uno tiene que hacer su propio camino y recorrerlo con todo el corazón, porque tiene que vivir su vida, no la de los demás.
A veces hay que detenerse a mirar la
propia vida bajo la luz del Espíritu Santo, hasta que podamos reconocer
que también nuestra vida es bella, con todas sus imperfecciones,
carencias y límites. Dejemos que el Espíritu Santo nos ayude a
aceptarnos a nosotros mismos y a aceptar la vida, para emprender el
viaje de cada día con un corazón abierto.
Junto con la Persona del Espíritu Santo,
está la esperanza. Porque donde está presente el Espíritu Santo siempre
hay un futuro posible, siempre renacen los sueños, siempre se nos abre
algún camino.
El Espíritu es como una fuerza que nos
lanza hacia adelante, que no nos deja vivir sólo del pasado ni permite
que nos anclemos en lo que ya hemos conseguido.
Él impulsa, pero hace que nosotros
caminemos; no nos arrastra como a muñecos, sino que nos lleva a tomar
decisiones, a usar nuestros talentos, a organizamos, a trabajar juntos
por un futuro mejor, a buscar la justicia y la solidaridad:
"El Espíritu construye el reino de
Dios en el curso de la historia... animando a los hombres en su corazón y
haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la
salvación definitiva" (Juan Pablo II, TMA 45).
Y aunque no podamos lograr ahora todo lo
que desearíamos, sabemos que el Señor le prepara a sus amigos una
felicidad que no tiene fin, allí donde rebosaremos de gozo en su
presencia gloriosa (Apocalipsis 21,1-5). Hacia esa Ciudad celestial, que
no podemos ni siquiera imaginar, nos quiere llevar el Espíritu Santo, y
él nos hace caminar con seguridad hacia esa feliz plenitud:
"La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Romanos 5,5).
La profundidad está en Dios, que es la perfección acabada de todo ideal humano. El Espíritu Santo es Dios, y él tiene la capacidad de tocarlo todo con su luz. Por eso puede hacernos capaces de reconocerlo también en los demás.
Si en los otros sólo vemos miseria, porque tenemos los ojos heridos, el Espíritu Santo puede manifestarse y hacernos descubrir muchas cosas preciosas que hay en los hermanos.
Con el Espíritu Santo, además, podemos liberarnos poco a poco de la superficialidad y de la incoherencia, y volvernos comprensivos, generosos, amables, sinceros, disponibles.
Su Palabra nos enseña que "quien dice que está en la luz pero no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas" (1 Juan 2,9), y que "el que no ama permanece en la muerte" (1 Juan 3,14). Entonces, estamos descubriendo lo más importante: Si alguien quiere salir de la superficialidad y ser profundo, su camino es el amor a los hermanos.
Si yo no me encuentro con los demás, si no los amo, si no busco su felicidad, entonces nunca alcanzaré la profundidad y me engañaré a mí mismo con falsos misticismos. En cambio, si soy capaz de salir de la queja, de la crítica inútil, del egoísmo, y doy el salto del amor para encontrarme con los demás así como son, entonces se disipan las tinieblas y puedo ver con claridad. Sólo así puedo alcanzar la verdadera profundidad espiritual. Un acto de amor es lo más profundo y noble que puede vivir un ser humano.
El Espíritu Santo puede derramar ese amor en nuestros corazones y hacerlo crecer.
"Aquí estoy, Espíritu Santo, dispuesto a ofrecerte parte de mi tiempo. Escuché tu llamado al servicio y estoy intentando seguir a Jesús en esta misión que me confías. Necesito tu compañía y la fuerza de tu gracia. Dame un profundo gusto por mis tareas, un intenso fervor y una profunda alegría. No confío en mis fuerzas ni en mis capacidades sino en tu constante ayuda. Pero te ofrezco todo lo que soy, todas mis capacidades y talentos, mi imaginación y mi creatividad, mi inteligencia y mis energías, mi emotividad y mi capacidad de amor. Quiero que todo esté al servicio de tu gloria, para que el bien y la verdad puedan triunfar en esta tierra. Ven Espíritu Santo. Amén."
Quisiéramos vivir
con más profundidad, ser personas más espirituales, realmente
transformados por el Espíritu Santo. Pero no vemos grandes cambios en
nuestra vida. Si nos miramos a
nosotros mismos con sinceridad podremos descubrir que en nuestro
interior no está la profundidad que deseamos. Allí también hay límites e
incoherencias. Posiblemente encontremos mucho egoísmo allí adentro, y
lo que llamamos "amor al prójimo" quizás sea sólo una necesidad de
satisfacciones afectivas, quizás sea sólo una forma de egoísmo, de estar
encerrados en nuestras propias necesidades y de buscar a los demás sólo
para que nos hagan sentir bien. Por eso parece que ese amor se acaba
cuando los demás contradicen nuestros proyectos, cuando no nos dan la
razón, no nos elogian, o no dicen lo que nos interesa escuchar. Entonces, la incoherencia y el vacío también están dentro de nosotros mismos. Por eso, cuando
buscamos la soledad y nos encontramos con nosotros mismos a veces sólo
estamos escarbando en el vacío. Porque nuestra interioridad sólo tiene
vida y hermosura si allí está presente el Espíritu Santo, y si nos
dejamos cambiar por él. Sin esa luz del
Espíritu Santo, terminamos confundiendo a Dios con nuestros
pensamientos, con nuestra confusión mental, con nuestros sentimientos
tan cambiantes. Y Dios es mucho más que todo eso, mucho más. Si queremos ser verdaderamente profundos, busquemos al Espíritu Santo.
Algunos dicen que el Espíritu Santo es
solamente una energía. Pero nosotros creemos que la Biblia no dice eso,
sino que es una Persona.
En la Biblia, Espíritu es el
impulso de Dios, que interviene en el mundo y particularmente en el
hombre. En ese sentido, se aplica a la actividad de las tres Personas de
la Trinidad que obran unidas.
Pero hay textos donde la expresión Espíritu se refiere a alguien,
indica una Persona distinta del Padre y del Hijo. Así lo vemos, por
ejemplo, en el Evangelio de Juan. Allí se le da también el nombre de
Paráclito, y se le llama el otro Paráclito, para distinguirlo de Cristo; y se le atribuye la misión de recordarnos lo que Cristo enseñó. Se dice, por otra parte, que el Padre lo envía. Se le menciona con el pronombre aquél,
que no se utiliza para referirse sólo a una energía o a un impulso
impersonal, sino para hablar de una Persona (Juan 14,26; 16,7-15).
También podríamos mencionar 1 Corintios
12,11 donde se le atribuye un poder de decisión personal: reparte los
dones como él quiere. Finalmente, mencionemos Gálatas 4,6, donde se dice
que el Espíritu clama "Padre", lo cual remarca que se distingue del
Padre.
Sin embargo, aunque es una Persona
distinta, el Espíritu no permite que nos detengamos en él, porque
siempre nos orienta a Cristo, y al Padre. Lo que él nos comunica es lo
que recibe de Cristo (Juan 16,14-15), y lo que nos recuerda son las
enseñanzas de Cristo. Pero además, él nos hace clamar: "Padre" (Gálatas
4,6; Romanos 8,15). Él, con la seducción sublime de su gracia, hace que
nos enamoremos de Cristo y que nos dejemos atraer por Dios Padre.
Pidamos al Padre Dios que derrame en nosotros ese magnífico regalo del Espíritu Santo, porque su Palabra lo ha prometido:
"Y si ustedes, que son malos, saben
dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el
Espíritu Santo a los que se lo pidan" (Lucas 11,13).
G
M
T
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"Ven Espíritu Santo, ven Señor,
glorioso, con una hermosura que ni siquiera se puede imaginar. No
permitas que yo adore cualquier cosa de la tierra. No dejes que me llene
de ansiedad detrás de las cosas de este mundo, porque ningún ser de
este mundo vale tanto, nada es absoluto.
Espíritu Santo, cura mi ansiedad con
tu mirada. Tú eres armonía pura. En ti no hay aburrimiento ni ansiedad.
Tú eres vida intensa y plena, pero al mismo tiempo eres una inmensa
serenidad. Por eso, si tú invadieras mi vida, mi ansiedad se sanaría por
completo.
Libérame, Espíritu Santo, de todas
las ataduras interiores que me llevan a la inquietud interior, al
activismo enfermizo y al desorden. Dios de paz, armoniza mis
pensamientos y mis energías.
Ordena mi vida para que pueda vivir
mejor en tu presencia. Sana la ansiedad que me enferma, por querer
lograr la aprobación de todos.
Derrama en mí tu gracia para que pueda trabajar intensamente, pero sin ansiedades y nerviosismos.
Ven Espíritu Santo.
Amén."
G
M
T
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