Dice un viejo refrán que hace mucho más ruido un árbol que cae que mil árboles que crecen.
Porque normalmente el bien crece en forma silenciosa, se va gestando como un niño en el seno de su madre, despacito, sin estridencias.
Pero lo que se acaba y se rompe hace mucho ruido. Lo que no responde a nuestros planes hace ruido. Lo que no nos sale bien hace ruido.
Sin embargo, detrás de ese ruido, hay muchas cosas buenas en tu vida que siguen madurando, silenciosamente.
Las cosas que perdemos, lo que se termina, lo que ya no será posible, todo eso nos despierta melancolía o una triste resignación. Mucho ruido en el alma.
Pero eso ocurre porque no miramos todo lo que se desarrolla detrás de esos finales, todo lo que vamos aprendiendo, todo lo que va creciendo en el silencio, toda la obra que el Espíritu Santo realiza aun a través de esas pérdidas que vamos viviendo.
El bien es silencioso, por eso necesitamos pedirle al Espíritu Santo que nos abra los oídos interiores para escuchar su bello rumor, que nos abra los ojos del alma para descubrir su suave luz, más allá de todo.
Dios está haciendo su obra maestra en tu vida, no lo dudes. No te resistas a los momentos duros, a emprender etapas nuevas y a dejar atrás tantas cosas que no pueden ser, porque seguramente algo está naciendo. No dejes que ese ruido te asuste y te entristezca.
Sí, algo está creciendo. Entregate y aceptá, porque de ese modo te abrís para recibir las bendiciones silenciosas de Dios.
Y seguirás creciendo como tantos árboles.